La Paternidad Divina como corazón del cristianismo.
Era domingo; en México, celebrábamos el Día del Padre. Coincidía, además, con la Solemnidad de la Santísima Trinidad. La homilía “teológica-filosófica…”; inentendible, incomprensible para cualquiera de los parroquianos… Al final el sacerdote pidió un aplauso para los papás presentes. Se sentía un ambiente festivo, lleno de gratitud. Pero en medio de todo, una pregunta inesperada cruzó mi interior, que no pude ignorar: Y a nuestro Padre Dios… ¿quién lo celebra así?
No hablo de una doctrina, ni de un tratado teológico. Hablo de ese Dios que Jesús conocía como Padre, al que llamaba Abba con ternura, confianza y cercanía. Ese Padre que espera, que abraza, que comprende y sostiene, como en la parábola del hijo pródigo.
Sentí que algo esencial se nos había ido quedando en el camino. Que hablamos mucho de Dios, de la Trinidad, María, santos…, pero hemos olvidado vivir con la conciencia simple y poderosa de que somos hijos de un Padre amoroso.
No se trata de proponer una nueva fiesta en el calendario, sino de volver el rostro a la Paternidad divina como experiencia fundante del cristianismo. Jesús fue quien fue -lo comprendí con claridad- no por ser el Hijo eterno, sino por haber descubierto, desde su humanidad, a Dios como Padre. Y ese descubrimiento es la fuente de su vida, su enseñanza, su entrega y su alegría profunda. Eso es lo que venía a compartirnos: la certeza de que no estamos solos, de que tenemos un Padre, es real y nos ama como somos.
Jesús no vino a fundar una devoción centrada en su persona, sino a revelarnos el rostro del Padre. No dijo “mírenme a mí”, sino “quien me ha visto, ha visto al Padre”.
De esa experiencia personal, de esa intuición sencilla pero radical, nace este escrito.
Volver el rostro al Padre
A veces, lo más evidente es lo que más se olvida. Y lo más cercano, lo que menos se nombra.
Durante siglos, la Iglesia ha levantado templos, liturgias, dogmas, santos, calendarios llenos de fiestas para honrar a Dios en sus múltiples manifestaciones. Y, sin embargo, en medio de todo ese esplendor parece haberse desdibujado algo esencial: la vivencia sencilla y amorosa de Dios como Padre.
No se trata solo de “llegar al cielo”, sino de vivir ahora como hijos. Ir al Padre es encontrarlo hoy, en nuestra vida, como lo encontró Jesús.
No es sugerir un título teológico más, ni de una fórmula doctrinal. Hablamos de una experiencia fundante, la misma que transformó la vida de Jesús. Porque Jesús no fue quien fue solo por su filiación divina y eterna, sino por ser un hombre que descubrió en su vida la realidad paternal de Dios. Y ese descubrimiento lo cambió todo. Su oración, su libertad, su ternura, su valentía, su compasión… nacen de saberse hijo amado. Y eso es lo que vino a mostrarnos: que también nosotros lo somos.
Ésto no es ninguna innovación: posiblemente sea un regreso; una vuelta al origen. Es mirar a Jesús, sí, pero mirar con Él, desde su mirada. Y lo que Él miraba, una y otra vez, era el rostro del Padre, un Padre en su vida.
Pienso que tal vez lo que más se ha perdido no es el dogma de Dios como Padre, sino su cercanía vital: la presencia viva, amorosa y permanente que Jesús llamaba Abba.
Por eso, este texto no busca explicar la Trinidad ni contradecirla, sino ahondar en el corazón mismo de la fe: que Dios, siendo misterio, se ha revelado como alguien que ama como un Padre. No como un juez lejano ni como una idea abstracta, sino como alguien a quien acudir, en quien confiar, de quien recibir vida.
Siempre es tiempo de devolver la paternidad divina a su lugar central y cotidiano en la vida cristiana. No como dogma, sino como experiencia viva y liberadora. Y quizás también, proponer que un día al año -entre tantos ya consagrados- se honre con alegría, sencillez y profundidad al Dios que es Padre, el Padre de Jesús, el Padre nuestro.
Esto nace desde la reflexión, oración, escucha…; desde cierta urgencia: es algo que ahora me parece fundamental y no creo haber escuchado estos conceptos con esta claridad e intención a lo largo de mi vida como cristiano.
Y si este pensamiento llega a tocar algún corazón, espero sea porque posee algo de luz…
La experiencia de Jesús: descubrir al Padre
Jesús no vino al mundo a fundar una religión. Tampoco se presentó como alguien que debía ser adorado. Vino a revelarnos algo que los profetas del Antiguo Testamento aún no habían dicho con tanta claridad: Dios es Padre, profundamente Padre.
Jesús no fue quien fue solo porque era el Hijo eterno, sino porque como hombre descubrió al Padre y vivió desde esa relación. Y no un padre genérico, lejano o simbólico, sino su Padre… y nuestro Padre: nuestro Abba.
Esta fue la experiencia más radical de Jesús: descubrir, en su más hondo interior y en su vida cotidiana, que Dios no era una fuerza impersonal ni un legislador temible, sino un Padre vivo, amoroso, presente. Fue ese hallazgo lo que encendió su predicación, lo que orientó sus decisiones, lo que le dio fuerza para enfrentar la muerte. Jesús vivió desde esa certeza: «El Padre y yo somos uno», no como una fórmula de divinidad, sino como una declaración de comunión, de vínculo, de identidad.
La revolución del cristianismo no comenzó con la cruz ni con la resurrección…: comenzó silenciosamente con la conciencia filial de Jesús a lo largo de su vida. Eso fue lo que le permitió mirar el mundo con compasión, perdonar a los que lo herían, sentarse a la mesa con los despreciados, tocar a los intocables, abrazar sin miedo. Jesús no actuó así porque tenía poderes divinos, sino porque se sabía profundamente amado: porque vivía en presencia del Padre.
Y por eso no vino a mostrarse a sí mismo, sino a mostrarnos al Padre:
“El que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9).
“No he venido por mí mismo, sino que es el Padre quien me ha enviado” (Jn 7,28). “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4,34).
Jesús no se colocó como meta, sino como camino. El camino hacia una relación viva con el Padre. No nos enseñó a orar diciendo “oh, Dios omnipotente”, sino “Padre nuestro…” Y no como un título distante, sino como una puerta de confianza absoluta, una invitación a volver a casa.
Quien se acerca a Jesús de verdad, tarde o temprano termina encontrándose con el Padre porque es hacia El a quien Jesús miraba. Esa fue la fuente de su vida y ése es el camino que quiso para nosotros.
Encontrar al Padre no es una nostalgia: es la buena noticia más verdadera del cristianismo.
Jesús, el Hijo que nos muestra al Padre
En el centro del Evangelio no está una doctrina, ni una ley, ni una institución. Está una relación viva: la de Jesús con su Padre. Todo en Él nace de ahí. Jesús no fue quien fue por saberse Dios, sino por vivir como su Hijo. Su divinidad no anuló su humanidad: la iluminó desde dentro. Lo más humano -¡y lo más divino!- que hay en Jesús es que vivía en presencia del Padre. Lo buscaba en la noche, lo nombraba en la alegría, lo invocaba en la angustia, lo reconocía en todo.
“Nadie conoce al Padre sino el Hijo y a aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”
(Mt 11,27).
Esta fue su misión: revelar al Padre, no como una idea abstracta o una autoridad temible, sino como un Padre vivo, cercano, que ama y escucha. Jesús no vino a hablar de sí mismo. Vino a señalar el rostro del Padre. Vino a enseñarnos a vivir como hijos. Por eso su oración no es una fórmula: es una confianza.
“Cuando oren digan: Padre…” (Lc 11,2).
La palabra “Abbá”, con la que Jesús se dirigía a Dios, no es solemne ni distante: es tierna, íntima, casi infantil. Es la palabra que un hijo pequeño pronuncia cuando corre al regazo de su padre. Así oraba Jesús. Así nos enseñó a orar. Así nos dijo que Dios nos ama como Padre.
Pero Jesús no solo habló: vivió confiando como Hijo. Su libertad nace de esa confianza. Su valentía, de esa certeza. Su fidelidad, de ese amor. Incluso en el momento más oscuro, cuando todo parece derrumbarse, no deja de confiar:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
Y resucita. Porque ese Padre nunca abandona a sus hijos…
Seguir a Jesús, entonces, no es imitar una figura externa, ni repetir sus palabras o sus gestos. Es aprender a mirar como Él miraba, amar como Él amaba, confiar como Él confiaba en el Padre. El cristianismo no es un culto al Hijo que eclipsa al Padre, sino una experiencia en la que, a través del Hijo, se abre el camino al Padre.
Y si Jesús es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), es porque nos lleva a ese destino que Él conoce bien:
“Voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo” (Jn 14,28).
Él no se guarda nada para sí. Todo lo entrega. Todo lo devuelve. El gran don de Jesús no es que nos lo quedemos a Él, sino que podamos encontrar con Él al Padre.
Su mensaje no fue “crean en mí”, sino “el Reino ya está entre ustedes”. Y el Reino era, en el fondo, la casa del Padre abierto a todos sus hijos.
El Padre de Jesús, nuestro Padre
La gran revolución de Jesús no fue hablar de Dios. Fue llamarlo Padre. Y no solo para Él, sino para todos nosotros.
“Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20,17).
Este es uno de los mayores regalos de su vida y su mensaje: la filiación compartida. No somos siervos. No somos extraños. Somos hijos. Y por eso hermanos.
Cada hijo tiene un camino distinto hacia su padre. Jesús nos mostró el suyo, pero no para copiarlo, sino para abrirnos al nuestro.
Dios no es un monarca lejano ni un juez impasible. Es el Padre que nos ve desde lejos y corre a abrazarnos (cf. Lc 15,20). Es el que hace salir el sol sobre justos e injustos (cf. Mt 5,45), el que nos conoce antes de que digamos una palabra (cf. Sal 139,4), el que da pan a sus hijos cuando se lo piden (cf. Mt 7,9-11).
Jesús nos reveló un Dios que se inclina hacia nuestra pequeñez sin dejar de ser infinito. Un Dios que no nos pide perfección, sino verdad. Un Dios que, siendo santísimo y todopoderoso, elige su ternura paternal como forma de mostrarse.
Y es esta paternidad divina, no impuesta sino ofrecida, lo que transforma el corazón humano.
Porque saberse hijo no es una doctrina: es una experiencia. Es sentirse mirado con amor. Es confiar que nuestra vida no está sola. Es saber que, incluso en el extravío, hay siempre un lugar a donde volver.
Y este Padre no nos ama por lo que hacemos, sino por lo que somos.
“Miren qué amor nos ha tenido el Padre, para llamarnos hijos de Dios. ¡Y lo seamos!” (1 Jn 3,1).
Esta certeza no es arrogancia: es raíz. Raíz de libertad, porque no necesitamos demostrar nuestro valor. Raíz de humildad, porque no depende de méritos. Raíz de fraternidad, porque si Él es Padre de todos, nadie es más que nadie.
Jesús no vino a fundar una religión que compita con otras. Vino a despertar en cada ser humano el llamado a vivir como hijo del Padre. Ese es el núcleo de su mensaje. Ese es el origen de su fuerza. Y esa es también nuestra vocación: recibir la vida como un don, vivirla como hijos, y ofrecerla como hermanos.
Un Dios cercano, compasivo y humano
La imagen de Dios como Padre rompe toda idea de un ser lejano, abstracto o indiferente. Jesús no hablaba de un Dios etéreo, sino de un Padre que mira los lirios del campo, que cuenta los cabellos de nuestra cabeza, que se inclina sobre los pequeños.
“¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas? Pues ni uno de ellos está olvidado ante Dios” (Lc 12,6).
La paternidad divina que Jesús encarna no es una idea filosófica, sino una presencia viva, entrañable, cotidiana. Es la ternura que no humilla, la autoridad que no aplasta, la fuerza que levanta.
Jesús nos enseñó a orar diciendo:
“Padre nuestro que estás en el cielo…” (Mt 6,9), pero lo hizo con la naturalidad de quien dice “Abba”, como un niño que se acurruca en el regazo de su papá.
Este Dios cercano, que sufre con los que sufren y se alegra con los que ríen, es el que da sentido a la vida. No es un observador externo, sino el que camina con nosotros, aunque no lo veamos.
Y cuando se dice que “Dios se hizo hombre” no solo es para hablar de Jesús, es para afirmar que Dios eligió habitar nuestra humanidad no solo para redimirla, sino para compartirla.
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Jesús no vino a robarnos la mirada hacia Él, sino a mostrarnos a Aquel que lo habitaba. No vino a deslumbrar con milagros, sino a revelar al Dios que ama en lo escondido.
Esta cercanía no disminuye a Dios, lo engrandece. Porque solo un Dios verdaderamente grande puede hacerse pequeño sin dejar de ser Dios. Solo un Dios verdaderamente poderoso puede amar desde la fragilidad.
Por eso, recuperar al Padre no es olvidar a Jesús. Es seguir a Jesús hasta el final, hasta el corazón mismo de su vida:
“Yo no he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn 6,38).
“Todo lo que el Padre me ha dado, vendrá a mí” (Jn 6,37).
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
La fe cristiana no es solo creer en Jesús, sino creer con Jesús. Es mirar al Padre con los ojos del Hijo, confiar como Él, vivir como Él, entregarse como Él.
La confianza filial: vivir como hijos
El gran giro que Jesús introduce no es solo teológico, sino existencial: ya no siervos, somos hijos. No se trata de cumplir normas para ganar el favor divino, sino de vivir desde la certeza de que ya somos amados.
“Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro…” (Mt 6,9). No dijo “Oren a mi Padre como yo lo hago”, sino “nuestro”, para que nadie quedara fuera de esta relación. Con esa sencilla palabra, nos introdujo en una nueva identidad: la de hermanos en un mismo Padre.
Creer en un Dios Padre es vivir con la confianza de los hijos. No una confianza ingenua, sino arraigada en la experiencia de saberse sostenidos incluso en medio de la noche.
“Aunque mi padre y mi madre me abandonaran, el Señor me recogería”
(Sal 27,10).
Una fe cristiana madura no infantiliza, sino que reconcilia la adultez con la filiación. Un hijo de Dios no es alguien que se desentiende del mundo, sino quien se siente responsable de él, como lo haría un hijo en la casa de su padre.
Ser hijo no es una postura pasiva, sino una forma activa de vivir en relación profunda: con el origen, con el sentido, con los otros, con uno mismo. Es saberse amado antes de haber hecho nada para merecerlo.
“Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias” (Mt 3,17). Y nosotros también somos sus hijos amados…
Jesús vivió desde esa certeza. Esa confianza fue su fuerza en los momentos más oscuros. Desde allí pudo perdonar, sanar, denunciar, entregar la vida.
Y nos invita a lo mismo. Nos invita a orar sin temor, a llamar “Padre” al que nos dio el ser, a volver a casa una y otra vez, como el hijo pródigo, sabiendo que el Padre siempre está en la puerta, esperando con los brazos abiertos.
La confianza filial libera del miedo religioso, del perfeccionismo moral, de la angustia de no ser suficientes. Nos devuelve la dignidad de sabernos hijos, no esclavos; amados, no juzgados.
Porque el cristianismo no es una religión del mérito, sino de la gracia. Y la gracia comienza cuando descubrimos al Padre en medio de nuestra historia, tal como somos.
Jesús, el Hijo verdadero
Jesús no fue el Hijo solo porque la teología así lo afirme, ni únicamente porque su naturaleza divina lo fundamente. Jesús fue el Hijo porque vivió como tal. Porque como hombre, en su tiempo y en su carne, descubrió al Padre y se entregó a Él por completo.
Desde niño descubrió algo que en Él vibraba con la certeza de ser amado por Dios. “¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”, dijo a María y José cuando tenía apenas doce años. No hablaba desde la doctrina, sino desde una experiencia profunda, vivida, encarnada. Jesús encontró al Padre en la oración, en el silencio, en la vida de cada día.
La gran diferencia no fue que Él tuviera acceso a algo que nosotros no; fue que respondió con toda su alma a esa voz interior que le decía: “Tú eres mi Hijo amado”. Y esa certeza lo sostuvo en cada paso. Por eso podía vivir libre, sin miedo, sin ambición. Por eso podía entregarse, perdonar, callar, mirar con compasión. Todo en Jesús brotaba de una sola fuente: su relación con el Padre.
Pero lo más revelador es que no se guardó para sí esa experiencia. Todo lo que hizo fue para mostrarnos el camino. Su vida, sus parábolas, sus gestos, su oración, su modo de amar eran una invitación a descubrir que también nosotros somos hijos del mismo Padre.
Jesús no impuso un molde. No nos pidió imitar sus pasos al pie de la letra. Nos enseñó a confiar. A llamarlo Padre. A entrar en lo secreto. A orar diciendo: “Padre nuestro”. A vivir sin ansias ni temor porque “vuestro Padre sabe lo que necesitan”. A mirar a los otros como hermanos, no como enemigos. A regresar cuando fallamos, sabiendo que el Padre siempre espera con los brazos abiertos.
Y sin embargo, como toda relación verdadera, la filiación no se copia. Jesús vivió la suya como ningún otro. Fue única, íntima, irrepetible. Así también ha de ser la nuestra. Cada uno de nosotros descubre al Padre desde su historia, sus heridas, su modo de sentir, de buscar, de creer. Lo importante no es “hacer como Jesús”, sino atreverse a mirar al Padre con la misma confianza.
Porque no hay una sola manera de ser hijo. No hay un solo camino para amar al Padre. Pero todos los caminos verdaderos comienzan en el corazón y terminan en sus brazos.
El regreso al Padre: una propuesta para nuestro tiempo
Vivimos tiempos de desarraigo, incertidumbre y búsqueda. Muchos sienten que han perdido el centro, que la fe se ha vuelto frágil o que las estructuras ya no responden a las preguntas profundas del corazón. Pero quizás no es que la fe haya muerto, sino que ha olvidado su origen: el rostro del Padre.
En la parábola del hijo pródigo, Jesús no solo narra una historia de perdón. Nos revela el corazón de Dios: un Padre que espera, que corre, que abraza, que no reprocha.
“Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio, y conmovido, corrió, se echó a su cuello y lo cubrió de besos” (Lc 15,20).
Este es el Dios que Jesús conoció. Este es el Dios que quería que conociéramos.
El cristianismo del futuro -fiel a Jesús- tendrá que volver a esta fuente originaria: la experiencia de ser hijos amados, y desde ahí, hermanos y constructores de un mundo distinto.
No se trata de proponer una devoción más, ni una doctrina nueva, ni una moda espiritual. Se trata posiblemente de volver a el centro olvidado, de recordar lo esencial: Que Dios no solo es el Creador, el Omnipotente, el Juez, el Misterio…, sino el Padre bueno que nos sueña, nos sostiene, nos habita y nos espera.
Y no es necesario un conocimiento teológico para entender esto; todo ser humano ha sido hijo; todo ser humano lleva inscrita en el alma esa sed de hogar, de pertenencia, de ternura, de sentido. Y todo ser humano, incluso en su adultez, puede volver a ser hijo confiado.
Este regreso al Padre no es un retroceso, sino un camino de madurez espiritual. Volver al Padre es volver a la raíz, a la verdad que da paz y fecundidad.
Por eso, esta propuesta no es solo litúrgica, ni doctrinal, ni pastoral. Es existencial y posiblemente urgente. Es una invitación a vivir la fe desde la ternura de un Dios que nos llama hijos y no siervos.
Y quizás sí: sería justo, bello, necesario, dedicar un día para celebrarlo. No como un formalismo más, sino como un gesto profético. Un día de gratitud a nuestro Padre común. Una jornada para recordar al mundo que no estamos solos, que tenemos un hogar, que Dios no solo es Dios, sino que es nuestro Padre.
El corazón del Padre
No sólo nosotros buscamos al Padre. Él también nos busca. Desde siempre. Desde antes de que aprendiéramos a decir su nombre.
Su mirada no es la de un juez ni la de un dueño. Es la de alguien que engendra para compartir la vida. Alguien que desea que sus hijos vivan, rían, crezcan, se equivoquen, regresen… Alguien que se alegra con la libertad del hijo, aunque le duela el riesgo que conlleva.
Desde el principio, el Padre soñó con nosotros. No con súbditos, sino con hijos verdaderos. No con obedientes sin alma, sino con personas capaces de amar con libertad.
“Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor” (Ef. 1:4)
Por eso creó este mundo: no como una jaula de pruebas, sino como una casa abierta, llena de señales, caminos, luces, pausas, silencios. Para que, en medio de la vida, cada uno pudiera encontrarse con Él, no como idea, sino como presencia que abraza.
El Padre no impone, no presiona, no vigila. Es discreto. Es fiel. Es lento y seguro como el amanecer. Su mayor alegría no está en ser reconocido, sino en ser amado. Y ese amor, Él lo espera, no como exigencia, sino como un don.
Porque el amor del Padre no es condicional: es previo, es constante, es incondicional.
Y, aun así, elige esperar. Esperar nuestra mirada, nuestro sí, nuestra voz que un día se atreva a decir: “Padre…”
Eso basta para hacerlo feliz. No necesitamos hacerlo grande: ya lo es. Solo necesitamos atrevernos a ser hijos. Hijos libres, hijos imperfectos, pero hijos que regresan al corazón del Padre.
¿Es Dios solamente Padre?
Hablar de la paternidad divina es hablar de una relación, no de una categoría. No decimos que Dios “es como un padre” porque tenga atributos masculinos, humanos o familiares. Lo llamamos Padre porque así lo descubrió Jesús y así quiso que lo conociéramos: no como un poder, ni como una idea, ni como una fuerza… sino como Alguien. Alguien que ama, que engendra, que escucha, que espera.
Pero Dios no se agota en la palabra Padre. Dios es más que Padre. Dios es fuego, es consuelo, es belleza, es presencia, es madre también, es misterio que nos envuelve y nos sobrepasa. Y sin embargo… en la palabra “Padre” hay una síntesis viva de todo eso: el amor que da origen, la presencia que sostiene, el rostro que espera.
Nombrar a Dios como Padre no lo limita, lo aproxima. No lo encierra, lo revela. Nos permite entrar en relación con Él desde un lugar humano, tierno, confiado. Nos recuerda que no somos cosas creadas, sino hijos amados. Y esa palabra, “Padre”, no define su esencia, pero sí transforma la nuestra.
Quizás por eso Jesús insistió tanto en ella. No para limitar a Dios a una figura masculina, sino para enseñarnos a entrar en su misterio desde el amor recibido.
Porque al final, Dios es más que todo lo que podemos decir… pero también es todo lo que necesitamos que sea: presencia, origen, ternura, verdad…; y desde luego: Padre.
Ser hijos, vivir como hermanos
La mayor revelación de Jesús no fue solo que Dios es Padre, sino que ese Padre es común. No es mío, tuyo, de unos cuantos elegidos… Es nuestro Padre.
Y si tenemos un solo Padre, entonces la consecuencia más profunda es que somos hermanos. No por acuerdo, ni por simpatía, ni por afinidad… sino por origen.
Jesús no vivió su filiación como una experiencia cerrada. Desde el momento en que llamó a Dios “Abba”, abrió una puerta inmensa a la fraternidad universal. No se sintió único para guardarse, sino Hijo para compartir.
Por eso acogía a los pequeños, comía con pecadores, tocaba a los impuros, perdonaba a los enemigos. Porque para Él, todo ser humano era hermano. Y la única ley que brotaba de eso era el amor.
Ser hijos del mismo Padre nos obliga a mirarnos de otra manera. Ya no hay extraños, no hay enemigos, no hay indiferentes. Hay hermanos heridos, hermanos extraviados, hermanos por abrazar.
Y esto no es un sentimiento bonito. Es una verdad que cambia la ética, la política, la economía, la espiritualidad. Porque si el otro es mi hermano, no puedo usarlo, ignorarlo ni despreciarlo. Tengo que escucharlo, perdonarlo, cuidarlo, y si es necesario, cargarlo.
Vivir como hijos es vivir como hermanos. Y vivir como hermanos es la forma más concreta de honrar al Padre.
Jesús lo dijo con fuerza:
“Todo lo que hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo hicieron.”
“No todo el que dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad de mi Padre.”
¿Y cuál es esa voluntad? Que nos amemos…; como hijos, como hermanos.
La vivencia que hizo a Jesús ser quien fue
“Y crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.” (Lc 2,52)
Jesús fue verdadero Dios. Pero fue también, y sin rebaja alguna, verdadero hombre. Y esa humanidad no fue accidental: fue camino.
Fue uno de nosotros. Vivió lo que nosotros vivimos: deseó, lloró, se frustró, sintió miedo, se alegró, dudó… No nació con un plan claro predeterminado, ni con una misión escrita en piedra. Descubrió su vocación en el vivir cotidiano, como cada ser humano descubre su camino. Y fue esa vida -recorrida con hondura- la que lo fue haciendo quien fue.
Su propia vida fue el lugar de revelación. En Nazaret, Jesús creció entre los brazos de María, en el silencio laborioso de José, en la oración sencilla de un pueblo que esperaba al Mesías.Allí aprendió a mirar, a escuchar, a saborear los salmos, a contemplar la creación, a admirar la fidelidad del pobre y la ternura de una madre…
No recibió revelaciones mágicas. Lo que recibió fue vida real, humana, densa, y en ella comenzó a intuir algo: que Dios no era solo Señor… sino Padre. Y no un Padre lejano o abstracto, sino alguien a quien podía amar, obedecer y confiar como verdadero un hijo.
¿Qué fue lo que vio y vivió Jesús…? Esa es la pregunta que nos cuestiona: ¿Qué fue lo que vio, lo que vivió, lo que sintió Jesús para atreverse a llamar “Abba” al Dios de Israel?
No podemos saberlo con exactitud, pero podríamos intuirlo: Tal vez fue el amor de su madre, la ternura justa de su padre José, la belleza de una puesta de sol, el dolor de un vecino enfermo, la injusticia de un cobrador de impuestos, la dignidad de un leproso rechazado… Fue su vida concreta, igual que la nuestra, pero con una respuesta que solo Él pudo tener.
Todo fue hablándole al corazón. Y desde esa vida fue naciendo en Él la certeza:
“Soy Hijo, soy amado, soy enviado.”
Jesús respondió a esa experiencia como nosotros también podríamos hacerlo… pero lo hizo a la perfección. No porque no tuviera miedo, sino porque, a pesar del miedo, confió. No porque no tuviera dudas, sino porque, con dudas, siguió amando. Su respuesta no fue la de un ángel sin cuerpo, sino la de un hombre que eligió creer. Y creerle a un Padre que, a veces, parecía guardar silencio. Fue la respuesta perfecta desde su humanidad frágil.
Jesús vivió el anuncio del Reino con pasión. Y, sin embargo, fue incomprendido, traicionado, abandonado.Sus planes, humanamente hablando, fracasaron; pero no perdió el rumbo, no cambió su corazón.
Su fidelidad no dependía del resultado; dependía del amor que lo sostenía desde dentro. Por eso, incluso en la cruz, cuando ya no quedaba más que dolor y abandono, pudo decir: “En tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lc 23,46)
Nuestra propia vida: nuestro lugar sagrado de revelación
Y aquí estamos nosotros…: Frágiles, confusos, perdidos y a veces quebrados.
¿Podemos vivir como hijos del Padre? Sí, porque Jesús nos mostró que el camino no es imposible. Nos mostró que nuestra historia concreta -con su barro, su duda, su belleza y su herida- es el medio que Dios ha preparado para que nos encontremos con Él: “Esta es la mejor vida que todo un Dios pudo preparar para mí, para cada uno.”
Jesús, el Hijo, se hizo uno de nosotros para que nosotros, los olvidadizos y distraídos, descubriéramos que siempre hemos sido hijos: Somos más divinos de lo que creemos, no solo si somos buenos, entendemos todo o rezamos bien: Somos hijos porque fuimos soñados por el Padre. Y eso nos hace más divinos de lo que imaginamos, no por mérito nuestro, sino porque hemos sido pensados y amados por Dios como hijos desde el origen.”
Somos polvo de estrellas, pero llevamos en el alma la huella de un Padre. Esta historia que vivimos cotidianamente, con sus atardeceres y sus amaneceres, no es un accidente ni una prueba: es el camino más amoroso que Dios pudo imaginar para encontrarse con nosotros.
A cada uno nos corresponde lo mismo que a Jesús: mirar, escuchar, responder… y decir, desde lo más hondo: “¡Padre…, estoy aquí!”
Volver al Padre…
No basta con hablar de Dios como Padre. Es necesario volver a Él. No como idea, no como dogma, sino como confianza, abrazo, hogar, como raíz viva de nuestra existencia.
Jesús no vino a fundar una religión estructurada ni a exigir adhesiones doctrinales: vino a despertar una relación viva con el Padre, a mostrarnos, con su vida y su voz, que no estamos solos, que la fuente de nuestro ser es un Padre bueno, cercano, incondicional. Y esa fue su verdadera buena noticia.
Por eso, al final de este recorrido, no queda sino un gesto: girar el rostro, abrir los brazos, y volver al Padre. Volver con todo lo que somos -con heridas, con preguntas, con gratitudes- y saber que Él nos ve venir desde lejos, corre a nuestro encuentro, nos cubre de besos y nos devuelve el nombre olvidado: Hijo amado, hija amada.
Desearía que este escrito no se quede en una lectura más, sino que despierte la alegría de vivir como hijo amado, el deseo de volver siempre. Porque cuando descubrimos que el corazón del universo es Paternidad, ya no podemos vivir igual, ya no oramos igual, ya no miramos al otro igual.
Entonces el cristianismo se vuelve lo que siempre ha sido: la vida de los hijos que, habiendo encontrado al Padre, se descubren como hermanos.
La Paternidad Divina será siempre el corazón del cristiano.


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