Releyendo el cristianismo desde el amor primero, una invitación a vivir sin culpa, con confianza y en plenitud.
“Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra…“Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó”Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”.
(Génesis 1, 26-27.31)
“Desnudos, pero no avergonzados”
Desde niño crecí con una idea que nunca cuestioné: que un buen cristiano —y yo si lo deseaba ser…— debía visualizarme, ante todo, como “un pecador que ama a Jesucristo”. Lo escuché en la Iglesia, lo repetí en los rezos, entro en mi vida sin darme cuenta hasta que terminé creyendo que esa era la forma cristiana de definirse: con humildad, reconociendo nuestra pequeñez, agradeciendo la redención… y una lucha incesante por salir de mi miseria.
Con el tiempo —no sin cierto conflicto interior— me di cuenta de que esa frase que, parecía expresión de fe, escondía también una herida profunda. No porque fuera falsa, sino porque era incompleta. Porque partía de la caída y no del don; porque nombraba el pecado antes que el amor. Y porque, sin querer, me enseñó a desconfiar de lo que yo era, de mi realidad más profunda y constitutiva.
Hay ideas que, sin saberlo, se nos cuelan en el alma. No porque las hayamos elegido, sino porque crecimos dentro de ellas. Nos enseñaron —algunos con palabras, otros con silencios— que nacimos mal, que había algo en nosotros torcido desde el principio; que cargamos con una herencia oscura; que nuestro origen estaba marcado por la culpa de una falta sin haberla vivido ni recordarla…
Y aunque no entendimos del todo, lo aceptamos. Porque lo escuchamos en la catequesis, en los templos, en los rezos. Porque venía en los libros, en las fórmulas. Porque, de algún modo, parecía formar parte del “ser cristiano”.
Y lo peor de todo: cuando uno se conoce y sabe pecador, tenderá a visualizarse y comportarse como tal…
Pero con los años —a veces con dolor, a veces con reflexión— algo en nosotros comenzó a decir: “Esto no puede ser todo…; no puede ser el corazón del Evangelio.” Porque hay una voz más honda en las doctrinas aprendidas, una voz que no grita, pero tampoco calla; una voz que nos susurra desde dentro: “Tú no naciste caído: Tú eres bueno de origen; simple y sencillamente estas en camino…”
Estamos en camino, no perfecto ni acabado, pero sí abierto a crecer: somos amados, buenos en el sentido más ontológico y verdadero de la palabra; con capacidad de bien, inspirados, con deseos de amar, con sed de plenitud y con vocación de comunión.
La decisión del Padre, la entrega del Hijo, la conciencia del hombre
Pensar en un padre que decide entregar a su hijo por salvar a los demás a más de alguno en la historia le ha generado desconcierto… Si lo aplicamos a la experiencia humana, nos parece incomprensible: ningún padre amoroso podría planear el sacrificio de su propio hijo —¡el hijo amado!— por la deuda de otros por más amados y dignos que puedan ser; mucho menos si esos otros no son conscientes de su deuda, ni siquiera la comprenden ni tuvieron la oportunidad de elegir…
Sin embargo, durante siglos, se ha predicado que Dios Padre envió a su Hijo Amado a morir “por nuestros pecados”, como si esa fuera la única manera de equilibrar la justicia divina. La pregunta se impone: ¿realmente necesitaba Dios la sangre de su Hijo para perdonar? ¿Esa es la manera de buscar un “equilibrio” por parte de un Dios —un Dios que es todo sabiduría, todo Amor, todo Perdón, todo Paciencia, todo Esperanza…— con una humanidad inmadura siempre, siempre en proceso…
Pero si cambiamos la perspectiva, el sentido puede transformarse. No es que el Padre exija una muerte. Es el Hijo que, conociendo el corazón del Padre y compartiendo su amor por la humanidad, vive fiel a su humanidad y se entrega voluntariamente a las consecuencias de vivir una vida coherente. Vive así por fidelidad a ese amor primero: No como víctima, sino como alguien que elige dar sentido a su vida —y en consecuencia a su muerte— desde el amor más radical.
El Hijo, Jesús, no actúa por imposición, sino por comunión de espíritu con su Padre. No hay un padre que mande y un hijo que obedece fielmente un designio eterno. Hay una unidad profunda entre ambos: el Padre se alegra por la congruencia, entrega y fidelidad del Hijo y que sufre por las consecuencias de esa vida coherente; pero no lo detiene ya que respeta hasta el límite su libertad, su decisión, su fidelidad, su amor por la humanidad…
Y los hombres, nosotros, ¿cómo respondemos a ésto? Cuando se nos ha dicho que “el Hijo de Dios murió por nosotros”, muchos lo hemos vivido con culpa: como si lleváramos encima el peso de una deuda impagable y solo poder aspirar a su condonación… Como si debiéramos estar eternamente agradecidos, pero siempre desde el ser indignos, desde la vergüenza de nuestra propia incapacidad de pagar, siempre en deuda…
Pero quizás no es culpa lo que deberíamos sentir, sino responsabilidad libre. Jesús no vino a morir para hacernos sentir deudores, sino para mostrarnos hasta dónde puede llegar su amor cuando toma en serio al ser humano. Su entrega no pide angustia, sino conversión; no culpa, sino conciencia, no miedo, sino una forma nueva de vivir: desde el sentirse amados.
Si Jesús, el Hijo, aceptó esa entrega por amor, el camino de regreso al Padre no se hace por obligación, sino por respuesta, por deseo, por comunión, por agradecimiento. Entonces cambia todo: No hay un padre cruel, ni un hijo condenado a la fuerza, ni una humanidad culpable desde el nacimiento: Hay un amor de un Padre que se arriesga, que espera, que llama… Y una posibilidad siempre abierta de volver a confiar.
Estas letras nacen desde ahí: desde esa intuición que no es nueva, pero que necesita ser dicha con ilusión y con esperanza: no somos una naturaleza caída que espera ser rescatada, sino una creación buena, “muy buena”, que está aprendiendo a amar.
Y si a veces lo olvidamos no es porque hayamos sido expulsados del paraíso, sino porque aún estamos en camino a casa. Es probable que, en algún punto, nos animemos a decirlo así: somos “buenos de fábrica”. No como afirmación doctrinal cerrada, sino como una forma sencilla de recordarlo. Porque lo más importante no es tener una doctrina impecable, sino vivir conscientes y reconciliados con nuestra propia bondad original.
Esta reflexión no niega el mal, pero sí se atreve a decir que el mal no es nuestro punto de partida. Que no fuimos creados para saldar una deuda, sino para crecer, aprender, elegir, y —con todo lo que somos— amar a Dios desde donde siempre hemos sido —la Bondad— y no desde una naturaleza caída, dañada, herida…
Aquí empieza el camino: Desnudos, sí, pero esta vez… sin vergüenza.


Deja un comentario